Hace
siglo y medio que Darwin publicó su fundamental obra y, sin embargo, en algunos
sectores sociales todavía levanta reservas hablar de la Teoría de la Evolución
por medio de la selección natural. ¿A qué se debe esto?
El primer tropiezo lo da el propio
lenguaje. Si decimos Teoría de la Evolución, siguiendo el habla vulgar, parece
que el término «teoría» indica un conjunto de hipótesis o especulaciones no
demostradas. Pero, en ciencia, una teoría no es una hipótesis, es un conjunto de
leyes y razonamientos que tienen que estar demostrados. La Teoría de la
Evolución es un hecho probado, no sólo por el trabajo riguroso y concienzudo del
propio Darwin, sino por todas las generaciones de científicos que le han seguido
en el estudio de la naturaleza.
Genética y evolución
La genética, una nueva ciencia que se
desarrolló en el siglo XX, ha corroborado ampliamente todos los puntos de la
Teoría de la Evolución. En la actualidad, la evolución es un hecho tan innegable
como que la Tierra gira alrededor del Sol.
Frente a mentes reaccionarias que aún se
niegan a admitir lo incuestionable habría que repetir lo que se afirma que
murmuró Galileo cuando la Inquisición le obligo a retractarse de haber dicho que
la Tierra se mueve entorno al Sol: Eppur si muove (sin embargo se mueve).
Por otro lado, la difusión popular de las
ideas de Darwin, en un equivocado intento de simplificación, ha llevado a dar
una imagen cruel de la naturaleza, donde parece que siempre impera la ley del
más fuerte en la lucha por la supervivencia, una imagen potenciada por el
sensacionalismo de las impactantes escenas de animales cazando de muchos
documentales.
En el colmo de la desviación, se ha
generado una corriente perversa de pensamiento social y político, el mal llamado
Darwinismo Social, donde muchos grupos violentos y movimientos políticos
radicales, erróneamente avalados por las leyes de la naturaleza, han utilizado
esa ley del más fuerte para justificar el sometimiento y explotación de la
población que consideraban más débil. Este es otro punto que ha originado
rechazo al evolucionismo y ha sido utilizado por movimientos creacionistas anti-evolución,
que afirman que si la lucha social es la consecuencia de la Teoría de la
Evolución, mejor rechacemos el principio que lo ha generado.
Nada más lejos de la realidad, pues ni la
lucha social tiene que ver nada con la selección ni con la evolución de
especies. Y, por otro lado, este procedimiento no sigue ningún razonamiento
válido para descartar ninguna idea. A pesar del intento de utilización política,
Darwin nunca apoyó esa visión de la sociedad, y él mismo consideraba este tipo
de aplicaciones de la selección natural como una auténtica aberración.
El pez grande no siempre se come al
pequeño, pues en ese caso pronto acabarían con los chicos y, a continuación, se
moriría el grande por inanición. Los animales cazadores, a pesar de que a menudo
se presenten como máquinas infalibles, no suelen tener éxito en sus cacerías,
pues, en ese caso, tendrían mucha descendencia y así, rápidamente se terminaría
la caza.
Por nuestra sesgada visión, a veces nos
parece que los depredadores actúan con maldad gratuita. Los humanos siempre
actuamos como si fuéramos dioses y no hacemos más que distorsionar el
comportamiento de todos los demás seres. A unos los condenamos a vivir
encerrados e indefensos, y a otros les alentamos su gula. Para colmo de cinismo,
aún nos extrañamos de su comportamiento.
Selección natural
La selección natural no es la ley del más
fuerte porque no es el más fuerte el que sobrevive, sino el más adaptado como
especie. Y el más adaptado es el que vive más en armonía con su entorno, con la
naturaleza. Veamos a grandes rasgos como han surgido las distintas especies que
hoy pueblan la Tierra.
En los albores de la vida, se formaron los
primeros organismos que utilizaban la energía solar. Estos seres, mediante la
fotosíntesis, eran capaces de generar materia orgánica, un proceso que desprende
oxígeno. La atmósfera de la Tierra, poco a poco, se transformó de reductora a
oxidante. El oxígeno es un elemento muy activo y actuó oxidándolo todo y
amenazando con extinguir la vida, apenas comenzada.
En realidad, fue la primera gran
contaminación de la historia, pero la naturaleza, de forma sorprendente,
convirtió el enemigo en aliado, y aparecieron nuevos organismos que utilizaron
la materia orgánica y el oxígeno para obtener su energía, en un proceso a
grandes rasgos inverso a la fotosíntesis. La cooperación y el equilibrio de
estos dos grandes tipos de organismos aseguraron la vida en la Tierra.
Adaptados al medio
Más tarde nació la atracción sexual, una
auténtica revolución, porque los nuevos seres nacían con diferentes dotaciones
genéticas, y ya podía actuar la selección natural para premiar a los más
adaptados al medio donde vivían. Comienza la gran aventura de la evolución de la
vida. Nuevas especies de plantas y animales surgieron para poblar todos los
rincones de nuestro planeta.
Los que tratan las enfermedades de
animales y plantas saben que cuando un organismo infecta y parasita a otro ser
de forma muy virulenta, significa que no está muy evolucionado, ya que la muerte
del infectado conlleva, en la mayoría de los casos, la muerte del infectante. Al
coevolucionar, el parasitismo y la infección letal deben transformarse en
infección leve para evitar que el organismo infectado pueda seguir alimentando a
su inquilino, y éste debe controlarse y no matar a su gallina de los huevos de
oro, sino hacer que el propio individuo propague la infección a sus semejantes
mediante el estornudo, el vómito o la diarrea.
Pero aún así, transformado en enfermedad
leve, el organismo invadido lucha contra el invasor. ¿No es mejor colaborar y
ayudarse que permanecer en continua pugna? De nuevo, la naturaleza muestra su
habilidad en trocar enemigos en amigos. Si ambos seres logran transformar su
relación en simbiosis, no serán desplazados ninguno de ellos por la selección
natural, pues ambos organismos se benefician mutuamente. Viviendo en simbiosis,
tenemos numerosos seres unicelulares independientes que trabajan para nosotros
dentro de nuestro propio cuerpo.
Los antibióticos pueden ayudarnos a
superar una enfermedad, pero también aniquilan a estos microorganismos
colaboradores que debemos cuidar y que son vitales para nuestra existencia, ya
que nos ayudan a realizar multitud de funciones como por ejemplo, la digestión,
la eliminación del sudor, la eliminación de células epiteliales muertas,
limpieza en distintos órganos, etc. Por este motivo, los antibióticos sólo se
deben usar en caso grave de infección que desborde y mine las defensas del
organismo invadido, pues el abuso de los antibióticos resulta muy perjudicial.
En particular, al estudiar las plantas,
nos damos cuenta de las sutilezas con las que los vegetales buscan colaboración,
ofreciendo néctar para que realicen la fertilización, fruta con las vitaminas
que precisamos, para que sembremos las semillas, y mucho más tipos de
colaboraciones, entre las que destacan las ayudas prestadas por feroces insectos
para proteger a plantas.
Por su parte, los animales obtienen de
estos acuerdos comida, alojamiento o perfume para buscar pareja. Son algunos de
los bienes que se intercambian de mutuo acuerdo, sin que el fuerte domine al
débil.
Selección natural
Un estudio más detallado sobre la
evolución de la vida en la Tierra nos muestra que la selección natural ha
favorecido, especialmente, a aquellos organismos que han mostrado cooperación,
han protegido su entorno y han realizado actividades de mutua ayuda o
simbióticas con otros organismos.
Resulta sorprendente pensar que la
belleza, el aroma y el suave tacto de los pétalos sean debidos a la sensibilidad
de los insectos, unas criaturas tan pequeñas y a las que habitualmente negamos
sentimientos artísticos. Sin embargo, millones de años de evolución y otras
tantas de generaciones de insectos han obrado este milagro.
En las distintas especies, la selección
natural ha favorecido a los individuos que han protegido y cuidado amorosamente
a su prole, incluso dándole mayor valor que a su propia vida. De esta manera, se
asegura la supervivencia de la especie. Es bien sabido que, estando la madre
presente, no se puede tocar las crías, incluso aunque se trate de animales
considerados cobardes e indefensos como las gallinas.
En los humanos, la postura erguida, el
lenguaje y el desarrollo de la inteligencia nos ha llevado a acortar el periodo
de embarazo y a tener que proteger más a las crías que realizaban parte de su
desarrollo cerebral una vez nacidas.
Los bebés nacen muy indefensos, durante
mucho tiempo su supervivencia dependerá del cariño de su grupo familiar; una
dependencia que no es tan fuerte en otros mamíferos, por ejemplo, un potrillo de
cebra puede correr y huir del peligro a tan sólo una hora después de haber
nacido.
Las emociones y el amor se desarrollan
como parte necesaria para la supervivencia. En la humanidad, la guerra no surge
hasta que aparecen propiedades que defender o que robar, sobre todo, al llegar a
la Edad de los Metales, donde el poseedor o poseedores de una mina les confería
un poder sobre el resto, una relación que se hace todavía más patente en la
actualidad con el petróleo y la guerra.
El hombre, como especie, ha pasado de una
evolución natural a una evolución cultural. La evolución cultural deberá tener
conciencia de los errores cometidos y deberá volver a vivir en armonía con la
naturaleza, si no, el propio hombre se destruirá al destruir su entorno.
Mucho ha cambiando nuestro mundo desde
aquel 24 de noviembre de 1859, cuando apareció publicado el trascendental libro
«El origen de las especies». Ahora, más que nunca, en nuestras manos todavía
está la posibilidad de demostrar que no somos un fracaso como especie.
|
Miguel Herrero Uceda
«El alma de los árboles» Doctor Ingeniero, divulgador científico y autor del libro
Revista
Verano 2010
|
|
|