Allá donde miremos, se repite la misma
historia: el uso (o no) de la bici está condicionado fundamentalmente por
cuestiones de prestigio social; como cualquier otra cosa, en realidad: nadie
quiere estar en el bando perdedor. Algunos ejemplos comunes: «Pero, ¿no te da
vergüenza ir en bici, a tu edad?», «¿Qué van a pensar de ti en el trabajo?», o
el también típico: «¿Cómo voy a ir en bici, si tengo que visitar a un cliente?,
¿y si me ve llegar?».
Estas son frases habituales en nuestro
entorno; tan habituales que a muchos de quienes leéis quizá os parezcan
normales. Y son frases representativas del estigma que sufre la bicicleta y, por
extensión, quien decide utilizarla para desplazarse, que tendrá que soportar una
presión social latente; a veces, explícita y que siempre mina conciencias pero
que, sobre todo, es un elemento disuasor de primer orden. Alguien dijo una vez
que la única pega que veía al uso de la bicicleta es que siempre tienes que
estar dando explicaciones. Desde luego, nadie te preguntará con extrañeza por
qué vas en coche. Aún.
Se trata, en definitiva, de un juego de
prestigio y desprestigio. No es otra cosa. Es importante tener esto claro porque
es esa imagen interesadamente prestigiada del automóvil la que nos hace olvidar
o pasar por encima de factores prácticos y hasta del sentido común: ¿es eficaz
movilizar una máquina de más de una tonelada para transportar a una persona
durante 5 kilómetros a una media de 20 km/ h? Con esos números en la mesa,
parece difícil decir que sí y, sin embargo, parece también que nadie duda que el
automóvil está ahí por méritos propios; dudosos méritos que se pueden resumir en
una velocidad media similar a la de los carros de caballos de hace unos siglos.
Esa es la triste realidad del coche en la ciudad.
El coche y su uso han sido metódicamente
promocionados en base a la mencionada estrategia de prestigio y desprestigio.
Adivinad dónde queda la bicicleta en este orden de las cosas: ese artefacto
anticuado, de cuando éramos pobres y no teníamos otra cosa y convertida en
símbolo de ese pasado del que huimos y al que, por supuesto, no queremos volver.
Éste es el gran factor disuasor, así como
la gran diferencia entre nuestro país y otros de nuestro entorno y la
circunstancia que, aún en la coyuntura actual, impide que nuestra sociedad
evolucione en su forma de desplazarse: es duro asumir un estigma social.
Quien se plantea utilizar una bicicleta
para sus desplazamientos cotidianos, debe hacer frente a una presión
multilateral, no sólo mientras monta en la bici sino a todas horas. En el fondo,
es siempre por lo mismo: quienes conducen un coche y se sienten agredidos por la
mera presencia de una bicicleta no manifiestan sino su desprecio y falta de
consideración por un vehículo desprestigiado y al que consideran sin derecho a
estar ahí.
Identificar el problema es fundamental
para poder combatirlo adecuadamente. Si nos limitamos a esperar que las
infraestructuras exclusivas para ciclistas resuelvan algo o, peor aún, a aceptar
la dictadura del automóvil como algo normal, no conseguiremos propiciar el que
haya más bicicletas en las calles. Lo que realmente necesitamos es un proceso de
prestigio del tráfico en bicicleta: presentar en sociedad a la bici y a quien la
usa como elementos positivos que contribuyen a mejorar la movilidad, la
convivencia y el paisaje urbanos.
Tenemos que conseguir que la gente tenga
ganas de usar la bicicleta, que quien la use se sienta orgulloso/a de hacerlo;
que quien se encuentre con alguien en bicicleta vea la imagen de la modernidad y
el futuro. Que montar en bici sea símbolo de inteligencia.
Las instituciones tienen aquí un papel
clave porque cuentan tanto con la capacidad de difusión como con la autoridad
moral para llegar a la ciudadanía. Desde el mundo asociativo, el techo mediático
es bajo: ni tenemos los medios ni la autoridad moral; especialmente entre las
capas sociales donde más necesitamos difundir nuestro mensaje. Predicamos en el
desierto. Sin embargo, si un cargo público representativo en un cierto ámbito
anima a la sociedad a usar la bici, suena diferente. Ya no se trata de cuatro
hippies anti-sistema.
Hippies, anti-sistema, vagos; normalmente,
jóvenes que, por supuesto, no trabajan; porque hace falta no trabajar para poder
perder el tiempo dando «por saco» con estupideces sobre la bicicleta. La gente
seria, la que trabaja, la que madruga, va en coche; o, si no, en transporte
público pero, preferiblemente, en coche, que es, de hecho, uno de los premios
bien ganados tras tanto sacrificio. ¿Qué tal esa ración de tópicos?
Y sin embargo, la realidad es bien
distinta: el perfil medio de la persona usuaria de la bicicleta en las ciudades
de nuestro entorno responde más bien a alguien de mediana edad, con estudios
superiores y empleo estable (sea lo que sea lo que eso significa hoy en día;
pero eso es otro tema) y, me permito la licencia, con un nivel cultural que
suele ir bastante más allá de esos estudios superiores.
Lo vulgar es ir en coche; eso lo hace
cualquiera. En numerosos casos, de hecho, el coche funciona como ese gueto que
sirve de refugio para cierta gente vulgar.
En el norte de Europa, es habitual
encontrar en bici a gente con ropa elegante, sea por trabajo o por glamour.
Vuelvo a echar mano del ejemplo paradigmático de los Países Bajos, donde es
difícil imaginar que alguien tenga reparos en presentarse en su trabajo
conduciendo una bici… seguramente, sus superiores también van en bici. Se va en
bici a hacer las compras, a visitar a una amistad o a la ópera. A un museo o a
un concierto de rock. Van en bici el chaval de instituto y la abuela. Todo el
mundo tiene bici y es impensable que alguien no sepa montar en bici.
Una percepción generalizada pero, a la
vez, profundamente perversa sobre el uso de la bicicleta nos lleva a otro
estigma; éste, más sutil: el discurso de la renuncia.
Hay que ir en bici porque es bueno para la
salud, porque es bueno para el medio ambiente, porque hay que ahorrar energía o
porque está de moda (esto todavía no, pero todo llegará...) Todas estas razones
están muy bien pero llevan implícito un mensaje derrotista: parece que es
necesario justificar el uso de la bici en base a alguna otra causa superior: la
salud, el medio ambiente... y que la bici no tiene valor en sí misma. Vamos,
que, si no fuera por todos los problemas que hemos causado ya, seguiríamos yendo
en coche y tan felices; pero nos tenemos que resignar a perder esa parte de
nuestro bienestar porque no queda más remedio.
Ése es el discurso de la renuncia. Desde
el ámbito de quienes trabajamos por el fomento del uso de la bici como medio de
transporte, es un error estratégico plantearlo en esos términos porque la
sociedad no está dispuesta a aceptar renuncias que saben a derrota y, así, jamás
vamos a conseguir que nuestro mensaje se difunda más allá de los pequeños grupos
de personas ya concienciadas. Pero esto es un artículo público y no un documento
interno de trabajo: más allá de estrategias, lo que aquí es importante comentar
es que las cosas no son así. Que usar la bicicleta no requiere que renunciemos a
nada. Que por ir en bicicleta no vamos a vivir peor.
La bici, por encima de todo, es práctica.
Es una herramienta increíblemente útil y, en el medio urbano, resulta
prácticamente imbatible en prestaciones a todos los niveles: tiempo de viaje,
facilidad de aparcamiento, autonomía, independencia, coste y, muy importante,
calidad de la experiencia de quien la usa.
Nuestra sociedad tiene miedo a la
bicicleta porque, con su sola presencia, nos obliga a reflexionar. Porque pone
de manifiesto que quizá todo lo que nos han contado sobre los coches era mentira
y cuesta reconocer que quizá llevemos varias décadas viviendo una mentira.
Si preguntáis a alguien que use la bici
habitualmente, la respuesta será prácticamente unánime: son casi todo ventajas.
Pero (y éste es el gran «pero») hace falta animarse a intentarlo para darse
cuenta. Hace falta vencer los miedos personales y afrontar esa pequeña salida
del armario que supone presentarse en bici en, por ejemplo, los círculos
profesionales sin la conciencia de estar haciendo algo «malo».
Animaos a utilizar la bicicleta. Ejerced
vuestro derecho a circular y a elegir el vehículo que prefiráis sin coacciones,
no dejéis que os pisoteen ese derecho. Comprobad todo lo que la bici os puede
aportar.